Sor Juana Inés de la Cruz se hizo monja para ser libre. Aunque parezca contradictorio, una mujer del siglo XVII mejicano, sólo podía ser ella misma, sin ser la mujer de otro, siendo dama de la corte virreinal –lo que Juana probó, de tan buena suerte, que consiguió mantener las prebendas de las virreinas de su tiempo-, haciéndose pasar por hombre –lo que no probó, pero pensó-, o entrando en un convento. Para cuando Juana se decidió por las Jerónimas –las Carmelitas tenían una regla muy estricta, que quebrantó su salud-, ya había leído la biblioteca entera de su abuelo y había aprendido latín de manera autodidacta. Tenía una celda de dos plantas (según se describe en la Wikipedia) y contaba con servicio, lo que le permitió dedicarse a escribir una extensa obra poética, dos comedias y hasta un tratado de música. En un tiempo en que la Inquisición era especialmente activa, Juana Inés de la Cruz se vio deshacerse de su biblioteca y su colección de instrumentos musicales y científicos, por consejo de su confesor, pero a cambio nos dejó algunos de los poemas más agudos de la literatura barroca.
SATÍRICAS A LA VANIDAD MASCULINA
Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:
si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?
Combatís su resistencia,
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad,
lo que hizo la diligencia.
Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.
Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro,
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?
Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.
Opinión ninguna gana;
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, liviana.
Siempre tan necios andáis,
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.
¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata, ofende,
y la que es fácil, enfada?
Mas entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en horabuena.
Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.
¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?
¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga,
o el que paga por pecar?
Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición,
de la que os fuere a rogar.
Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.
Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695)
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