Sor Juana Inés de la Cruz se hizo monja para ser libre. Aunque parezca contradictorio, una mujer del siglo XVII mejicano, sólo podía ser ella misma, sin ser la mujer de otro, siendo dama de la corte virreinal –lo que Juana probó, de tan buena suerte, que consiguió mantener las prebendas de las virreinas de su tiempo-, haciéndose pasar por hombre –lo que no probó, pero pensó-, o entrando en un convento. Para cuando Juana se decidió por las Jerónimas –las Carmelitas tenían una regla muy estricta, que quebrantó su salud-, ya había leído la biblioteca entera de su abuelo y había aprendido latín de manera autodidacta. Tenía una celda de dos plantas (según se describe en la Wikipedia) y contaba con servicio, lo que le permitió dedicarse a escribir una extensa obra poética, dos comedias y hasta un tratado de música. En un tiempo en que la Inquisición era especialmente activa, Juana Inés de la Cruz se vio deshacerse de su biblioteca y su colección de instrumentos musicales y científicos, por consejo de su confesor, pero a cambio nos dejó algunos de los poemas más agudos de la literatura barroca.
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El último día que fui a trabajar antes de las Navidades mi tren quedó parado en una estación, porque se había producido un atropello. Los viajeros en el tren comentaban sorprendidos una noticia similar de hacía menos de una hora en otra estación de la red de Cercanías. Entre los que nos encontrábamos en la tesitura de tener que encontrar una ruta alternativa para llegar a nuestros destinos cotidianos, se comentaba la dificultad que suponía para algunos enfrentarse a estas fiestas frías, familiares y consumistas. El suicidio es una opción bastante extendida entre los versificadores. No en vano, existe hasta una “Antología de poetas suicidas”, de donde extraigo el poema de hoy. En ocasiones anteriores, os envié algún poema de otros poetas suicidas: Sylvia Plath, que metió su cabeza en el horno tras abrir la espita del gas, o Cesare Pavese (“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”), que escribía poco antes de quitarse la vida con somníferos: “Uno no se mata por el amor de una mujer, uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada.”
Attila József, poeta húngaro de la primera mitad del siglo XX, que se reveló convulso en Centroeuropa, era hijo de un obrero de una fábrica de jabón, que emigró a Rumanía, cuando Attila contaba tres años y jamás volvió. Su madre, lavandera, muere de cáncer antes de que él cumpliera quince años. A pesar de conseguir ayudas para estudiar en Viena y en París, vivió siempre al borde de la miseria, traduciendo a poetas franceses. Militó en el partido comunista clandestino, del que se le recuerda una habilidad dialéctica incansable. Un día de diciembre, al atardecer, Attila József, de 32 años, se dirige hacia las vías del ferrocarril en las proximidades del lago Balaton. Años atrás, tendido sobre los raíles, había aguardado el paso de un tren, que quedó detenido a escasa distancia de allí, por haber atropellado a otra persona. “Alguien murió por mí”, solía decir.
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Empieza 2008 con la pérdida de un gran poeta esta misma mañana. Ángel González, de quien ya os hice llegar un poema en otro momento, era un poeta sencillo, pero no simple. Haber vivido los desgarros de la guerra y la posguerra en su Asturias natal, su trabajo como maestro en los montes de León y su interés temprano por la poesía, le situaron en el círculo de la llamada Generación de los 50. Poetas hijos de la Guerra Civil española, que versifican una poesía de reivindicación social, con la influencia, por supuesto de la Generación del 27, pero más cercanos a la línea de Antonio Machado que a otros representantes más simbolistas. Su exilio americano, como profesor de Literatura Española en universidades de México y Estados Unidos, confiere a su obra esa mirada abierta al mundo, alejada de nacionalismos.
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Una bitácora, en sus orígenes, era el armario que tenían los barcos para guardar los instrumentos del barco así como un cuaderno donde el capitán iba anotando las decisiones tomadas en orden cronológico. Esta es la presentación que hace Juan Gelman, flamante ganador del Permio Cervantes, de su bitácora. La nuestra, como sabéis, está en http://poesiareincidente.bitacoras.com y en ella podéis escribir vuestros comentarios. De Juan Gelman, ya os mandé un poema en alguna ocasión (veo que en dos ocasiones), así que hoy os envío un poema de un paisano de este insigne poeta argentino, Evaristo Carriego, que alguna influencia tuvo sobre él. Evaristo Carriego, poeta breve de comienzos del siglo XX (murió tísico a los 29 años) estuvo siempre ligado a la vida de los cafés bonaerenses y a la redacción de alguna publicación anarquista en los tiempos ideológicamente convulsos de estos inicios de siglo. El único libro que publicó en vida, “Misas herejes” (190
, contiene ecos del satanismo de moda, de raíz baudelairiana, y tiene una factura de clara tendencia modernista.
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“Mucho mienten los poetas”, decía Solón de Atenas. Pero Herodoto, que representa el nacimiento de la Historia frente a la Mitología, denomina a cada volumen de su obra “Los nueve libros de la Historia”, siguiendo los nombres de las nueve Musas: Clío (Musa de la Historia), Euterpe (Flauta), Talía (Comedia), Melpómene (Tragedia), Terpsícore (Danza), Erato (Lírica coral), Polimnia (Pantomima), Urania (Astronomía), Calíope (Épica). Y no sólo esto, sino que además, su obra comienza dando crédito al rapto de Helena, como origen de las disputas entre griegos y asiáticos, dejando sentir la influencia de los grandes poemas épicos. Precisamente, “La Iliada”, de Homero, narra los acontecimentos ocurridos durante 51 días en el décimo y último año de la Guerra de Troya. Casi diez años después de que Paris, príncipe troyano, raptara y sedujera a Helena (con o sin su consentimiento, hay versiones encontradas), Paris se vuelve a encontrar con el marido de Helena, el rey de Esparta, Menelao, en un reto singular para acabar con la guerra, y quedarse con Helena y las riquezas del rey griego. En el canto III de “La Iliada”, se describe este duelo, en el que a Paris se le llama también Alejandro, y en el que los dioses intentan torcer lo que los hombres no saben enderezar.
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